EL PORTÓN (2020)

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Raúl miraba el portón desde la ventana.

En la calle Jerónimo Herrera, al lado de una oficina estatal, se observaba una enorme construcción de cemento abandonada, con tres portones pintados de color verde opaco a nivel de calle. Idénticos, igual de tristes, complementaban la soledad y amargura de ese edificio y de ese barrio, en un día nublado y ventoso a las afueras de Pueblo Filhé.

Raúl había llegado hace dos días a la casa de su primo Ariel desde Segismundo, ciudad que quedaba aproximadamente a dos kilómetros de allí.

Ese día, al despertar, vió que Ariel no estaba. “Fue a comprar pan”, le dijo su tía Candela.

Raúl, aburrido, observaba el edificio. Observaba esa gigantesca y aparatosa construcción, levantada hace quién sabe cuánto, con qué motivo… ¿Habría sido una fábrica? ¿Una cárcel? ¿Una universidad?

Tenía una estructura particular.

Su planta más alta no tenía ventanas: sólo una puerta de cada lado del edificio. Esas puertas, además, no tenían de inmediato un balcón, o un piso de rejilla de hierro, una escalera, o al menos algún tipo de sistema para subir y bajar por ejemplo, mercadería. La puerta salía abrupta y directamente hacia la nada, como si estuviera allí para experimentar una caída de cuatro pisos y un gran golpe contra la empedrada, mojada por la lluvia del día anterior.

Los siguientes dos pisos tenían una serie de ventanas y aires acondicionados consecutivos, y por dentro parecía haber escritorios, sillas y elementos varios. Esos dos pisos -pensaba Raúl-, pudieron haber sido oficinas o salones de clase.

Sin embargo, lo más inquietante de ese edificio, era el primer piso. Intriga y desconcierto, al ver por fuera un piso entero sin ventanas, sin puertas, sin un solo agujero, sin nada: sólido y cerrado, como queriendo que algo no salga, pero que tampoco nada entre, ni luz, ni viento; ni calor, ni frío; ni ruido ni silencio. Desentonaba con el resto de los pisos y se mostraba firme y sólido, pero a su vez, transmitía tristeza, oscuridad, soledad…

Finalmente, en la planta baja, estaba la entrada principal tapeada. Y doblando la esquina, sus tres portones verdes, oscuros y tristes.

Para Raúl, era un enigma qué función cumplían esos tres portones en ese intrigante y macabro edificio, así como qué función cumplía la puerta del cuarto piso, y a qué se debía la existencia de un piso uniformemente gris y cerrado.

Pero a Raúl le preocupaban particularmente los tres portones. Y más específicamente, el del medio.

En una distracción, le pareció ver a alguien cerrándolo. ¿Qué habría allí? ¿Se abrirá el portón con frecuencia y circulará gente en ese edificio?

“Eso está abandonado hace años, nunca entra ni sale nadie y no se escucha nada venir de ahí”, le contaba Candela.

En otra distracción, a Raúl le pareció ver de vuelta el portón cerrándose. Parecía haber personas entrando en ese momento.

“Tu primo Ariel se está demorando demasiado. Andá a buscarlo, Raúl. El almacén está acá cerca. Agarrá por Faustino M. Rodríguez y caminá dos cuadras, antes de llegar a Illa”, dijo preocupada Candela.

Raúl salió hacia el almacén. Estaba doblando la esquina mientras intentaba recordar las instrucciones de su tía, cuando miró hacia atrás y vió el portón abierto.

Ariel había salido al almacén hace casi veinticinco minutos, y tanto Candela como él estaban preocupados. Pero no pudo con la curiosidad y volvió atrás sobre sus pasos.

Lo tenía adelante. Estaba abierto de par en par. En frente suyo, una inmensa oscuridad. No se sentían olores ni se oían sonidos. No se percibían cosas en la habitación. A decir verdad, no quedaba claro si allí había realmente una habitación. Parecía ser la nada misma: soledad y vacío.

Raúl entró, y sin sentir el piso, trató de observar, de percibir algo, alguien. De tocar algo, de oír, de oler: deambulaba por el vacío, sin sentir nada; de pronto el portón ya no estaba, y no podía volver atrás…

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